El National Mall de Washington, uno de los espacios más sagrados de la historia y la memoria de los Estados Unidos, se encuentra en el centro de una agria disputa estética, política y judicial. Por orden directa del presidente Donald Trump, un grupo de operarios avanza a contrarreloj pintando el emblemático estanque reflectante del Monumento a Lincoln con un llamativo tono azul brillante, apodado «American Flag Blue» (Azul Bandera Estadounidense).
La intervención busca dar una nueva cara al icónico espejo de agua de 853 metros antes de las celebraciones del 250 aniversario del país. Sin embargo, para historiadores, urbanistas y opositores, la medida representa una «vulneración» al patrimonio que amenaza con transformar un lugar de profunda reflexión en algo similar a una piscina de club de campo.
«Están pintando sobre la historia»
Las críticas no han tardado en escalar. Quienes defienden el diseño original —un gris opaco que permitía un reflejo perfecto de las geometrías clásicas de los monumentos a Washington y a Lincoln— argumentan que el nuevo color destruye el propósito conmemorativo del lugar. El estanque ha sido el escenario de momentos cumbre del siglo XX, como las protestas contra la guerra de Vietnam y el histórico discurso «I Have a Dream» de Martin Luther King Jr.
«No se supone que parezca que vas a lanzarte a nadar; está diseñado para reflejar la gran geometría clásica. No fue pensado como un sitio alegre que parece el campo de golf de tu barrio», advirtió con dureza Judy Scott Feldman, miembro de la organización sin fines de lucro National Mall Coalition.
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Por el contrario, desde la Casa Blanca y el Departamento del Interior se defiende la medida asegurando que el color anterior era deprimente y que la nueva tonalidad «mejorará la experiencia de los visitantes». El propio Trump criticó el estado previo del estanque, afirmando que estaba deteriorado, lleno de filtraciones y cubierto de algas y suciedad.
Una batalla legal que podría congelar las obras
La controversia ya abandonó el terreno de la opinión pública y se trasladó a los tribunales. La fundación Cultural Landscape Foundation interpuso una demanda alegando que el Gobierno esquivó de forma ilegal las revisiones ambientales obligatorias y las consultas públicas que exige el Congreso para intervenir monumentos nacionales.
La urgencia es máxima: un juez federal decidirá esta semana si emite una orden de restricción que detenga el proyecto a mitad de camino. Si la justicia falla en contra del mandatario, el estanque del National Mall podría quedar partido en dos: un tercio de concreto gris y dos tercios cubiertos por el intenso azul presidencial.
Costos multiplicados y un polémico contrato digital
Más allá del debate estético, el proyecto afronta duros cuestionamientos en el Capitolio debido a la falta de transparencia en sus finanzas y contratación:
Sobrecosto del 700%: Aunque inicialmente Trump estimó el costo de la remodelación en US$ 1,8 millones, los registros federales revelan que la cifra ya asciende a US$ 13,1 millones. El Gobierno justifica el incremento por la necesidad de pagar turnos dobles para terminar la obra antes del 4 de julio.
Contrato sin licitación: Las obras fueron adjudicadas de forma directa a la empresa Atlantic Industrial Coatings. La oposición demócrata en el Congreso ha cuestionado bajo qué criterios de «daño grave o emergencia» se saltaron los procesos de licitación pública obligatorios.
Versiones encontradas: El presidente ha ofrecido declaraciones contradictorias sobre el contratista. En un principio afirmó que era una empresa conocida que ya había trabajado en las piscinas de sus propiedades privadas, pero semanas después aseguró ante los medios que era un contratista totalmente desconocido para él.
Mientras el Servicio de Parques Nacionales avanza en la instalación de un moderno sistema de filtración de «nanoburbujas de ozono» para limpiar el agua, el debate político sigue encendido. Trump, fiel a su estilo disruptivo, ha ironizado sobre la disputa en sus redes sociales, insistiendo en que, una vez terminada, la obra «será el orgullo de Washington durante las próximas décadas». El veredicto final, no obstante, lo tendrán los jueces y los millones de ciudadanos que acuden cada año a reencontrarse con la historia norteamericana.

